EL FLOTADOR

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El verano ha llegado y, con él, el límite temporal impuesto al auto-propósito (cumplido o no) de muchos que quisieron llegar a estos meses calurosos con la figura ideal. Es todo un tópico el deseo de lucir un cuerpo más delgado y terso, moreno y acorde a las circunstancias de la moda que se sirve en bandeja en nuestros escaparates más inmediatos. Pero la realidad supera siempre a la ficción y, más allá de la promesa que nos hicimos hace unos meses, residen la inseguridad y el miedo a no gustarnos y gustar como ideal que supera a la salubridad de nuestros hábitos.

Desde que somos niños, innumerables mensajes nos hacen concebir la idea de que los cuerpos perfectos triunfan, de que la imagen vale más que mil palabras y, en definitiva, de que el envoltorio refleja lo interno. En sí misma la idea no tiene nada de perjudicial: es cierto que la cara es el espejo del alma, pero la cuestión es que no lo es tanto por el tamaño de sus mofletes como por la salud de la sonrisa que se proyecta desde ella. La educación, como una experiencia global, debe incluir los hábitos saludables entre sus filas y estos no pasan sólo por hacer a nuestros alumnos interiorizar qué tipos de alimentos contienen mayor número de hidratos o de omegas o qué cantidad de ejercicio es recomendable para evitar el sedentarismo. Es más complejo desmantelar en ocasiones qué hábitos NO son realmente saludables ya que, como decíamos antes, el envoltorio es un “fiable” reflejo del interior: nos lo venden tan bonito y tan bien que es imposible que el tigre del paquete de galletas no atraiga a nuestros hijos, a la par de irresistible si me apuran que el hecho de que la cantante infantil de turno aparezca en un spot comiendo no-sé-que-cosa. Inevitablemente la queremos, niños y no tan niños.

Llega el verano…Y hay que ver lo mal que sienta ese incómodo flotador. ¿Qué hubiera sido de mi si hubiera comido más lechuga y menos bollería?. Dilema irresoluble. Una cuestión indiscutible es, desde luego, que los flotadores nos gustan más si son de plástico y no los llevamos pegados a la panza. ¿Por qué será?

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